19/3/14

Capítulo cuatro



Durante el viaje caminamos en silencio, mi mente seguía bloqueada y además no me apetecía entablar una conversación en aquel momento. Es verdad que los fantasmas se desplazan más rápido que las personas, pero no a la velocidad de la luz, tampoco. Como no era un fantasma del todo, llegué al aeropuerto de Asturias cansadísima, Ángela no. La tarde ya se cernía sobre nosotras y el sol comenzaba a ponerse. Lo único que me contó mi compañera fue que me sorprendería al entrar en el avión, no me dijo el por qué, yo tampoco se lo pedí. Últimamente pocas cosas eran normales. Y tenía razón. Nada más entrar en el vehículo me quedé pasmada. Teníamos que viajar con otras personas, claro está no había “aviones fantasmas”, lo que no tenía en mente era encontrarme con una multitud de fantasmas todos apretujados en medio del pasillo del avión.

– ¿Qué…? – empecé a decir, pero Ángela me interrumpió.
– Vayamos a la parte de delante que hay más espacio. – mientras me lo comunicaba me empujó hacia la zona delantera. Aquí había un poco más de sitio libre, solo un poco. – Como ves existen fantasmas viajeros. – bromeó. A mí no me hizo ni pizca de gracia. – Al menos podías reírte. – comentó ella un poco molesta.
– No todos los días se ve un avión repleto de personas muertas compartiendo espacio con personas vivas. – repliqué. – Pero bueno, tendría que llegar el primer día, ¿no? – añadí.

De repente una azafata me atravesó literalmente. La sensación fue muy extraña, al principio noté un pequeño calambre que me sacudió levemente, luego nada. Instintivamente me llevé una mano a la cabeza, el torso, los brazos y piernas para comprobar que no me faltaba nada. Ángela se reía.

– También es la primera vez que alguien pasa por encima de mí de esa manera. – me puse a la defensiva.
– Bien, el trayecto será largo, mejor nos sentamos y me preguntas todo lo que quieras, ¿vale?
– Espero que salga mejor que con aquella vieja chiflada. – digo muy bajo, de manera que Ángela no me oiga. – Pues, explícamelo todo.
– Empezaré por contarte un poco este mundo tan nuevo para ti. Existen muchas leyendas sobre nosotros (los fantasmas). La mayoría no son más que cuentos. Es cierto que somos invisibles y podemos traspasar muros y paredes, también somos capaces de coger objetos. Eso de que hay testigos que vieron con sus propios ojos moverse cosas, es mentira. Igual que no nos ven los vivos, tampoco ven nuestros actos. Es lógico. – puede que fuera lógico, pero yo siempre pensé lo contrario. – Tampoco es verdad que flotamos.
– ¿Y Casper? – no logré contenerme. Me di cuenta de que era una pregunta estúpida en cuanto salió de mi boca.
– Casper es un dibujo animado para niños. – me explicó con un tono infantil – ¿Tú ves que nos falten las piernas y los pies y flotemos en el aire? –- hice caso omiso de su comentario. – Como ves no nos conocéis… en absoluto. Y nosotros nos podemos hacer daño unos a otros, aunque estemos muertos. – puntualizó – Los vivos no nos afectan, los muertos sí.
– ¿Y cabe la posibilidad de que un fantasma muera agredido por otro fantasma? – vale, otra pregunta estúpida.
– No. Los fantasmas estamos muertos.

La sensación de estar muerta todavía no encajaba dentro de mí, siempre había pensado que cuando llegara mi hora después iría al cielo. (En realidad nunca lo fue así para ser sinceros, pero como tampoco creía en los fantasmas no tenía otra teoría). Ahora que la vida me había abandonado, no conseguía meterme en mi pequeña cabeza esa idea.

– ¿Y qué era el edificio dónde me encontraba? – cambié de tema. Ángela dudó un poco a la hora de contestar.
– Es… era la sede de Asturias.
– ¿De qué era la sede?
– ¿Por qué estás tan interesada en el edificio?
– ¿Por qué no debería? – ella suspiró.
– Era el lugar donde vivíamos y trabajábamos un grupo de fantasmas científicos. Me refiero a personas que fueron científicas en su día. Tus abuelos te llevaron allí porque ellos conocían el lugar. Les ofrecimos sitio donde alojarse pero lo rechazaron, prefirieron quedarse en su casa. – eso significaba que desde que murieron estuvieron conmigo (y con mis padres) todo el tiempo. No se habían ido.
– ¿Cuántas sedes hay?
– Hay una en cada provincia, fuera de España también. En todo el mundo existen muchísimas. La primera fue creada en nuestro país por un grupo de fantasmas que ocuparon un edificio abandonado. Uno de ellos era etéreo y sus amigos, todos científicos, descubrieron su “anomalía”. No sabían con certeza qué significaba, algunos años después fue creándose la idea de los etéreos hasta hoy en día. – me quedé unos minutos asimilando la información.
– ¿Y el edificio abandonado estaba en un bosque? – pregunté.
– Mmm… no que yo sepa, ¿por?
– La sede de Asturias se hallaba en el bosque, ahora nos dirigimos a la Selva Negra. Coincide.
– Es que las actuales sedes (las de hace unos veinte años) se instalaron en los bosques a propósito para… – Ángela se quedó pensativa – para estar más aislados supongo. Además, como te dije antes, los fantasmas somos capaces de interactuar con los objetos, y existen fantasmas arquitectos... – al principio no sabía qué decir hasta que caí en la cuenta. Las sedes actuales fueron construidas por fantasmas. Interesante…
– ¿Y qué me dices de los etéreos?
– ¿No te lo explicó la vieja chiflada? – preguntó sonriendo, así que me oyera.
– Más o menos. Sé que hay muy pocos etéreos, que pueden resucitar porque tienen un… don. Y que son buscados por otros fantasmas que quieren arrebatarles su poder. – a través del altavoz oí decir a una azafata que nos abrocháramos los cinturones (bueno los fantasmas no) porque aterrizaríamos dentro de unos pocos minutos. – ¿Ya hemos llegado?
– No, haremos escala en París. – los ojos se me iluminaron – pero claro está no para hacer una visita guiada. – la alegría me abandonó al instante, igual que cuando se desinfla un globo. – Tienes que comer algo. – añadió. Al mencionar la palabra comer me entró el hambre.

En seguida noté cómo el avión se posaba sobre el asfalto. Los fantasmas ni nos inmutamos siquiera. Hasta que no salimos del avión, no hubo más preguntas. Una vez fuera, nos dirigimos hacia la zona de cafeterías. Nunca había visitado París y para una vez que ponía un pie en la ciudad tenía que estar muerta. Muchas personas iban de aquí para allá con sus maletas, chirriantes y ruidosas. Cómo les envidiaba. Era extraño cruzarse con alguien y que no levantase la mirada o que ni se apartara para dejarte pasar. Supuse que tendría que acostumbrarme a esta nueva vida. Iba a ser muy difícil.

– Quédate aquí y no te muevas. – me ordenó Ángela. La vi acercarse hasta el mostrador de una tienda y cotillear. Como una niña obediente esperé donde me había dicho.

Me senté en una silla libre, mientras no llegara ninguna persona y se sentara encima mío me quedaría aquí. La nostalgia comenzó a reconcomerme por dentro, recordé los momentos que había pasado con mis padres, cuando había ido por primera vez a un parque temático, todas esas veces que me reñían y yo me enfadaba con ellos y al instante me arrepentía, todos aquellos días que estaban ahí a mi lado, nuestros momentos compartidos. Todo. Y ahora no tenía nada. Noté que una lágrima me caía por la mejilla, silenciosa y dolorosa. Me la sequé rápidamente antes de que llegase Ángela.

– ¡Ya estoy aquí! – dijo con demasiado entusiasmo.

Posó en la mesa unos pasteles que habría… supongo que robado de la cafetería. El apetito me desapareciera de repente, aún así me llevé uno a la boca y puse buena cara. Tenía que admitir que Ángela se portaba muy bien conmigo. No nos conocíamos de nada y fue ella la que me explicó todo (o casi todo) y me salvó de la explosión.

– ¿Qué tal? – sé que quería ayudarme, animarme. Pero aquel no era uno de mis mejores días sinceramente.
– ¿Cuándo cogeremos el siguiente vuelo? – pregunté sin mucho interés.
– Pues dentro de un cuarto de hora, tiempo suficiente para explicarte lo más importante. – al oír esto centré toda mi atención en ella. – Necesito que sepas quiénes son los CDE.
– ¿CDE? – nunca había escuchado esa palabra.
– Sí, son los Cazadores de Etéreos. – me estremecí sin querer. – Ellos son fantasmas que, como su nombre indica, se dedican a dar caza a… vosotros. – genial, ya había muerto y ya tenía enemigos – Con nosotros estarás a salvo, así que no te preocupes. Si no nos desobedeces ni te escapas ni eres indiscreta todo irá bien.
– ¿Vosotros?
– La sede de Alemania te protegeremos, ya te lo había comentado. – asiento – Sigo, los CDE utilizan a un etéreo para localizar a otros como él (o ella), cuando consiguen lo que quieren les arrebatan el poder a todos los que tienen capturados menos a uno…
– … que será el cebo. –  finalizo.
– Exacto. Procura que nunca te cojan. – su mirada, dura y fría como el hielo, me hace temblar de pies a cabeza – A los etéreos que les quitan el poder les hacen mucho daño. Mucho. No pueden matarlos porque son fantasmas, pero su poder forma parte de ellos, si se lo arrebatan pierden la memoria, no saben quiénes son, ni de dónde son, ni se acuerdan de su familia. Se les llama los desconocidos o invisibles, se convierten en fantasmas sin rumbo, tuvieron una vida pero la perdieron, además, no desaparecen de este mundo.
– ¿Cómo que no desaparecen?
– No te lo conté, creo. Bueno, los fantasmas normales – eso me hizo sentir rechazada, en la sociedad marginada fantasma ­– quedan en la tierra tantos años como vivieron. Por eso estamos aquí. Los etéreos utilizáis el poder para revivir pero se os acaba el tiempo cuando habéis pasado en la tierra tantos años como vivisteis, lo que les otorga a los CDE una enorme ventaja para buscaros, encontraros y… ya sabes. – no hizo falta que siguiera hablando, se sobreentendía. 
– Y lo que me decías antes de los invisibles, ¿no abandonan la tierra? – Ángela negó con la cabeza.

En unas enormes pantallas y al mismo tiempo por los altavoces, avisaban de los próximos vuelos, el nuestro salía dentro de dos minutos.

– Tenemos que darnos prisa. – me advirtió Ángela.

Tragué el pastelillo como pude, casi atragantándome. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la sala que indicaban en las pantallas para Destino París. Iba sumida en mis pensamientos cuando se produjo el asalto. Unos fantasmas aparecieron delante de nosotras, interceptándonos el paso. Ángela los miró contrariada, vi cómo habría la boca para protestar pero la cerró de golpe. Estaba mirando algo. O a alguien. Desvié la vista y localicé al fantasma que mi amiga miraba con tanto empeño. No me dio tiempo a reaccionar.

– ¡Corre! – me gritó Ángela. – ¡Corre Aida, corre!

Su segunda orden ya me llegó al cerebro y di media vuelta e hice lo que me pidió. Antes de hacerlo, vi a Ángela derrumbarse ante aquel numeroso grupo de siniestros fantasmas. Me dolió dejarla allí, puede que me comportara como una cobarde pero la obedecí y huí.

No sabía dónde dirigirme, un punto a mi favor era que las personas no me incordiaban a la hora de escapar (ya era la segunda vez en ese día) porque podía atravesarlas, pero mis perseguidores también contaban con ello. Giré en una esquina y sentí un duro golpe en la cabeza haciendo que me cayera al suelo. Intenté levantarme pero una mano me levantó, no bruscamente pero tampoco con mucho cuidado. Quise gritar, agredirle y escupirle incluso. Todavía no le había visto la cara.

– ¡Haz el favor de callarte y no llames la atención! – su voz era masculina, joven. Embriagadora. – Te sacaré de aquí pero no me obligues a sedarte.
– ¡Suéltame! – forcejeé.
– ¡Maldita sea! – entre la multitud pude ver a quienes me buscaban – Dulces sueños.
– ¿Qué? ¡No! ¡Déjame! – a pesar de mis protestas me sedó y perdí la conciencia, que era lo único que hacía últimamente. 

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