20/10/14

Ganador Concurso literario El reto de los escribas – Septiembre 2014

Queridos lectores:

Como sabéis, MeriAnne Abévaz, Cova García y yo somos las autoras del blog El Reto de los Escribas. Mediante este blog queremos que vosotros, jóvenes escritores con un grandísimo talento, disfruten con nuestros pequeños concursos de relato corto. 

En esta segunda edición pedíamos relatos basados en un personaje específico: chica pelirroja, ojos verdes, pasión por la música, zurda... Un solo personaje dio lugar a muchos relatos diferentes y con un nivel muy alto. Tuvimos muchas dudas a la hora de votarlos, pero como tiene que ser (sintiéndolo mucho de corazón) solo puede haber un ganador... Y el afortunado ha sido... ¡¡Daniel Fair, con su relato: El tiempo dirá!! Daniel, si lees esto, te mereces un grandísimo aplauso. 

Su nombre es Daniel Monreal. Tiene 22 años, y escribió bajo el pseudónimo "Daniel Fair". A continuación os dejo una mini presentación: 
 
"Me llamo Daniel Fair. Es muy raro que utilice mi nombre real en este tipo de medios (salvo cuando no queda más remedio, claro). Empecé a escribir hace alrededor de diez años, y he tratado de hacerlo continuadamente desde entonces (aunque, siendo sincero, he tenido algún que otro patón).

Me inicié con los fanfics (Harry Potter, como otros tantos), hasta desarrollar mis propias historias, aunque trato de no dejar de lado la temática que usaba al principio. Ahora mismo, colaboro en el blog ‘’elrincondemimaginacion.blogspot.com’’ con relatos, y escribo todo lo que se me ocurre ahí.
 
A pesar del tiempo, me considero un auténtico novato. Todavía trato de pulir mi manera  de escribir y de cómo hacer que lo que escribo llegue a más gente y haga emocionarse a más personas.

Imagino que, al final, esa es la meta que todos nosotros buscamos.

¡Un saludo!"

Pues dicho esto, aquí os dejo el magnífico relato de Daniel:

El tiempo dirá

1      dolor

Nada más que una falsa mueca dibujada en su rostro pálido, en su mirada brillante, desprendedora de una luz más tenue de la que solía reflejar. Un fingido gesto que se apresuraba por mantener casi la mayor parte del tiempo, incapaz de llevar hacia su interior aquellas emociones que aparentaba tener, cuando se veía obligada a compartir estancias con otras personas.

Mas, en la soledad de su habitación, el único lugar del mundo que aún podía considerar seguro para ella, podía relajar su sonrisa tensa, descansar su mirada agotada, y dejarse llevar por el intenso dolor que quebraba su alma. Incluso, en ocasiones, cuerpo echado sobre la mesa del escritorio, y los ojos dirigidos hacia ninguna parte, llegaba a sentir de una manera real aquel familiar dolor.
No se podría decir que sintiera una daga clavándose en su pecho, pues no hay daga capaz de causar un dolor tan intenso, tampoco podría comparar aquello con arder en llamas ni con ahogarse en el profundo pozo de su desesperación, pues ni Satán ni Poseidón alcanzarían a hacerla temblar de miedo, como temblaba en aquel momento.Mas ella apretaba los puños, consumida; cerraba los dientes, aislada; en silencio, desprendía lágrimas amargas que no era capaz de retener.

Y, a medida que el tiempo pasaba y la pesadumbrez se iba adueñando de su corazón herido, un manto de tinieblas se cernía sobre la habitación, ensombreciendo cada objeto, cada rincón. Todo allí perdía su significado, arropado entre la oscuridad que emanaba, tal vez, del corazón de ella.
Ninguna criatura, humana o no, se merecería experimentar parte del dolor que la joven, en su desdicha, experimentó. Ella lo vivió, lo sintió, erizó su piel, ennegreció su espíritu… y, para bien o para mal, ya no volvió a ser la misma.

Nada brillaba  en el cuarto, en el hogar. Sólo quedaba el reflejo de sus ojos quienes, de vez en cuando, recuperaban la alegría por vivir, el orgullo, las ganas de continuar. Mas, cuando te lo han quitado todo, ¿qué puedes esperar de la vida? ¿Qué puedes pedirle al mundo?

Y, en esas tardes de desolación intensa, de lágrimas sin lágrimas, del sufrimiento que llevaba hacia las paredes de su habitación, marchitas al sentir la pena, ella se dejaba llevar. ¿Tal vez aquello era la condena perfecta para una existencia amarga?
Puede que, de cierta manera, es lo que la joven deseara… Puede que, en aquel instante, en toda esa etapa, ella quisiera irse… de un modo suave, indoloro. Tal vez así consiguiera apartar el mal, y desviar todo lo que sentía lejos de si misma.

Mas, acumulado, escondido entre el temor, había una pequeña y diminuta mota de luz, apenas un insignificante chispa de recuerdos, de superación personal, de coraje… Ella no se veía con fuerzas de eliminar el dolor, de la misma manera que no era capaz de contener aquella brisa de esperanza. Por ese motivo, tal vez demasiado difuso, era que sus ojos, relucientes ante la claridez del alba, cobraban vida, durante escasos segundos. Momentos en los que, sin esperarlo, sentía que debía hacer frente a la vida…

2      Despedida

¿Por qué?
¿Por qué…?
Tal vez no era el lugar lo que aclamaba las lágrimas de aquellas personas, sentadas frente a ella con expresión ausente, ni la atmósfera desanimada. Ni siquiera creía que fuera producto del abatimiento interior, de la desmoralización general.
Era ella. Eran sus lágrimas, ocultas durante días. Eran sus ojos verdes, enmarcados por líneas rojas de llanto y surcos negros de las noches sin poder dormir. Eran sus dedos lánguidos, que provocaban aquel sonido del que hacia gala. El instrumento entre sus manos, mientras ella dirigía los ojos hacia aquel que residía a su lado, faz eterna con la que ninguna otra persona podía rivalizar en belleza, era lo único que podía regalar, un instante de música, y nada más.

Allí, en primera línea, sentada, sin nadie en el mismo banco, y, tal vez, siendo la única que no esbozaba lágrima alguna, estaba su madre. Mantenía una mano en el pecho, puño cerrado, mientras escuchaba a su hija acometer con sentimientos a toda la estancia. Ella, aquella mujer, era la otra persona a la que la pérdida debía de haberle resultado inconsolable, tan amarga como el más cruel de los recuerdos… pero no podía llorar.
Puede que su fuero interno le dijera que llorar no sería representar toda la tristeza que sentía. Puede que no lo considerase justo. Puede que pensara que debía ser fuerte para aquella niña pelirroja que había quedado a su cargo. Puede que fingiera que podía llegar a estar bien, para engañarse a si misma. Puede… que no fuera ninguna de esas cosas, o todas a la vez.
Pero, aunque tal vez la joven supiera que aquella mujer, su madre, mentía al no llevar al exterior su pena, sabía que el dolor que compartían era el mismo; la sensación de querer morir, la misma. Y, aquella canción que entonaba, no solamente la creó para si misma, para liberarse y elevar al cielo un grito de pena y desesperación que esperaba fuera escuchado, sino para ella.

Era la única manera de decirle que ella estaba allí, que no sólo recibiría palmadas falsas de ánimo en la espalda. Quería que supiera que su hija llegaba a entender el dolor, y lo que ello significara. Aunque las mañanas se presentaran frías e inconexas, sin sentido entre unas y otras, similares en el tiempo, no lo eran, y que daba las gracias por poder disfrutar de la vida, por poder tenerla a ella, por poder tenerse ambas… y por poder encarar al destino una vez más, gritar de alivio. Más que nada, y por encima de todas las cosas, quería decirle que la quería, y que una perdida no era sino una piedra en el camino, que sabía que ambas podrían superar.
Al menos, él lo hubiera querido así.

Los ojos cerrados de su madre luego, la mano aún el pecho congestionada y pálida, la restante sobre el banco, palma arriba y trémula, su corazón latiendo desbocado con intensidad, tanta que aún vibraba gracias a la música perpetrada en el aire. Su hija la contemplaba con orgullo desde el estrado, mas ella no podía verlo, pero sí sentirlo. Aquella mirada esmeralda que se clavaba en ella ya la hubo sentido en otro tiempo, antes de que comenzara aquella vorágine agónica, y pudo respirar aliviada, no sin dolor.

Juntas, y tras haber cesado la música, se aproximaron a la figura inmortal que residía allí, entre placas de madera recia. De la mano, dijeron adiós, la mano izquierda de la joven acariciando la diestra de su padre; la mano derecha de la mujer rozando su frente. Un abrazo y un beso marcaron la despedida.
No lloraron delante de él, sonrieron, en realidad. Él mantenía una sonrisa de calma en su rostro.

3      Éxodo

Yo…
¿Es posible que me quepa más orgullo en el pecho? En mi estado, ¿cómo soy capaz de sentirme tan feliz?
No debería serlo, pero… no puedo mentir. Puedo abrir los labios todo lo que pueda y clamar a los vientos que soy el ser con más felicidad de la faz de la tierra.
Y os lo debo a vosotras.

Jayden:
Has sido la mujer de mi vida, y has mostrado fuerza, coraje, valor en un día tan duro. ¿Sentiste mi mano agarrar la tuya? Yo sí noté tus nervios, aunque no pudiera sentir del todo el suave roce sedoso de tu piel sobre mí. Pudiste llorar, pero no quisiste; debiste llorar, pero te mantuviste firme. Yo mismo quería llorar, pero las circunstancias se ciñeron sobre mí como un gran manto negro y envolvente.
Perdóname por todo, y recuérdame en los buenos momentos, aunque tal vez no sea necesario decirlo.
¿Sabes? Daría todo, todo lo que pudiera, por permanecer una sola noche más contigo, sólo una noche. Decirte al oído que te amo, prepararte para lo que vendría y, es posible, amarte como la primera vez. Siento haberme ido. Siento no haberme podido despedir.
Hoy te amo más que nunca, y agradezco que, en mis últimos segundos estuvieras a mi lado.
Gracias por todo.

Juliette:
No, no debería haberme ido. Sí, sé que estás dolida, y sé que tardarás en recuperarte. Mamá te ayudará, si la dejas.
Si alguna vez me porté mal contigo u olvidé algo que era importante para ti, ruego que me perdones. Las cosas se me escapaban de las manos y, muchas veces, sentí que era suficiente. 
Desde la primera vez que nos vimos, adoré cada centímetro de ti. Me fascinaron tus ojos, tan iguales a los míos; tus pecas, pruebas de que eres hija mía, tan similares; tu risa, aclamable cascada de manantial que me hacía volar en una nube. Incluso hoy en día sigues conservando la misma risa de tus primeros días. Como padre, me alegra saber que no has dejado de reír nunca.
Y… es un orgullo poder decir que eres parte de mí. Pude escucharte, estuve allí mientras tocabas mi instrumento, mientras me mirabas. Hiciste que se me encogiera el corazón en el pecho, aunque aquella melodía no estuviera hecha para mí. No pudiste expresarlo todo mejor. Con felicidad, al recordar esa canción, sentí que todo lo que yo sentía por ti era correspondido, más aún de lo que cualquier padre merece. En serio, esos sentimientos no tienen medida en alguien como yo, nunca sentí que los mereciera. Creo que me porté bien contigo, hasta el punto en el que se me permitió, pero… no, debí hacer muchas más cosas por ti, si a ello apuntaban tus sentimientos, y por lo que apuntaban los míos.
Cuida de mamá, ¿lo harás por mí, por los tres? Puede que tú la necesites, pero ella te necesita más a ti, como yo también te necesitaba. Fuiste el pilar central de nuestra vida y nos hubiéramos derruido si alguna vez hubieras faltado. Pero ahora, a un paso de la despedida, sé que estarás bien, que mamá estará bien.
Nunca olvides que te quise, que te quiero, y que te querré siempre. Espero que nunca me olvides.
Te echaré de menos.
Sed felices, todo lo que podáis. Os tenéis la una a la otra.
¿Qué más podéis pedir?
Un beso y un abrazo, os quiere,
Papá.

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